En las trincheras de la resistencia cultural me encuentro. Sé que no estoy solo, siento el apoyo de muchos otros que resisten soñando con un mundo donde el arte real sea valorado y en donde ese valor repercuta en una mejoría para la verdadera industria artística. Esa que no existe y si lo hace es en mis sueños pero que se encuentra en algún lado esperando un reconocimiento.

Sobre gustos no hay nada escrito. Sobre modas hay mucho, pero sobre cultura hoy, hay poco y nada. Todo eso por lo que se trabajo y por lo que se lucho tanto parece haber quedado guardado en ese cajón, juntando polvo y oxido, mientas las arañas la usan como soporte de sus telas pegajosas buscando una presa fácil. El arte quedo denostado, así de claro podemos decirlo, por el comercio, el negocio y lo banal. Es cierto: la gente necesita bailar, necesita distraerse, necesita divertirse, pero es cierto también que necesitan un mensaje, un porvenir y un panorama de la realidad, esa que los medios de comunicación se encargan de ocultar o de disfrazar según conveniencia.

“¿En qué te han convertido?” “¿Qué le paso a tu discurso?” “¿Por qué ahora esto?” son algunas de las muchas preguntas que me hago cuando escucho una radio, abro Spotify o Youtube. “Y es lo que vende” dicen muchos, destruyendo al instante cualquier esperanza de regreso a lo tangible. Los movimientos culturales son motores de ideas, de unión, de fuerza y de lucha por diversas cosas con un fin romántico, poético. Las modas son campañas generadoras de productos vendibles según “oferta y demanda”. La música y el rap en este caso, a mi criterio, no tienen que  tener nunca un cercanía dentro de ensalada de oportunidades de fama a cambio de perdida de identidad. Y así como la credibilidad es el elemento más valioso de un periodista, el discurso lo es para un político, el contenido lo es para un artista.

No está mal querer vivir mejor, querer salvar la economía pero, ¿venderle el alma al diablo, en este caso, al comercio, por ser famoso? En serio, eso no está bien visto por quienes resisten en las trincheras como yo. Aquellos locos que sueñan con la utopía de un Hip Hop lejos de lo banal y de lo sin sentido. El mensaje cae por su propio peso y eso es una realidad irrefutable, los que hoy dicen y repiten como locos “skere skere skere” en unos años deberán reinventarse como aquellos floggers que pisaban cucarachas agarrándose los flecos planchados. Todos sabemos eso, cualquier amante del rap sabe que lo bailable es efímero pero eso que es efímero está arrasando con una generación a la que le importa poco la comunicación de un mensaje concreto, palpable. Ahí está mi preocupación, en esos chicos pre adolescentes y adolescentes que son contaminados por los skeres, la codeína y esa imagen ficticia de lo que es ser un artista.

Esto va más allá de un hate estúpido, esto para mi y para mis compañeros de resistencia es una preocupación. Vivimos bajo las alas de un gobierno que poco a poco se encargó de destruir todo un proyecto cultural gigante y esta realidad donde no se dice nada le viene como anillo al dedo para seguir deglutiendo a niveles siderales cualquier muestra de revelion ante esa destrucción. El problema NO es el género, el problema es el mensaje, es lo que se dice. Ya no es rentable hacer fechas donde un MC escupa verdades ante la cara atónita de los presentes, ya no es cool que un tipo agarre un micrófono y te cuente eso de lo que los medios no hablan. Hoy es mejor “distraerse” escuchando a un pibe hablar de “money y bitches” en un país donde la “money” alcanza cada vez menos y en donde la lucha de las mujeres es tema de agenda nacional. Para pensar ¿no? Al menos eso es lo que queremos los que resistimos, los que estamos locos o esos que para los demás no entendemos nada.

En su libro “El Rock Perdido”, Sergio Marchi, hace un repaso sobre lo que el llama la involución del rock, yendo desde sus orígenes con Los Gatos, Almendra y Manal, tres de las más gigantes bandas que ha dado nuestro país quienes con sus letras desafiaban a una dictadura cruda y va criticando la mutación hacia el “Rock Chabon” ese que incorpora las bengalas, las letras banales y la cultura del aguante propia del fútbol. Hago un paralelismo con esto porque es justamente esa “degradación” de la cultura y esos nuevos rumbos, con nuevas estéticas y por supuesto un nuevo género (que no es tan nuevo) lo que no es de mi agrado. Aquellos que resisten conmigo, acá, en el frente de batalla me entenderán y espero muchxs otrxs también lo hagan y se sumen a esta pura y fiel defensa del verdadero Hip Hop, del verdadero rap.

Así como la credibilidad es lo más importante para un periodista, me animo a decir que la palabra lo es para un rapero, para un artista y es por estos días donde esa palabra, ese mensaje necesitan ser claros y contundentes. Lejos de aquellos rincones donde vale más un like que el contenido y en donde la fama supera el talento. Dejemos de ser intagramers, volvamos al Hip Hop. Volvamos a la raíces, a decir eso que se debe comunicar y a preocuparnos por llevar el rap de verdad a lo más alto. El de cartón, el maquillado, ya tiene demasiado ¿O no?

Por Kevin Dirienso Poter (@kevindpoter)