¿LOS HATERS SOMOS NOSOTROS?

Por Marcos «Shakya» Rajier – @shakya.young.shakur

 

“Para entender la eficacia persuasiva de las acciones hegemónicas, hay que reconocer lo que en ellas existe de servicio hacia las clases populares.” Néstor García Canclini.

 

¿Existe la meritocracia en la industria musical?

¿Debemos festejar todas las premiaciones y rostros de la cultura actual? ¿Están todos en esa posición de influencia y representatividad pura y exclusivamente por su esfuerzo personal, su sacrificio y su mérito?

De ser sí las respuestas: ¿No estaremos partiendo de un punto donde asumimos que la industria musical es absolutamente transparente, honesta, y su propósito histórico fue siempre el de representar a las poblaciones que escuchan la música que ellos desinteresadamente exponen en sus grandes plataformas? ¿O acaso no será que la industria musical, como cualquier tipo de monopolio, funciona en base a sus intereses privados e impone las condiciones que determinarán qué va a ser exitoso, bajo el mismo concepto de éxito que ellos deciden?

Nunca es positivo dar por sentada la bondad de grandes firmas comerciales, podríamos tomar el ejemplo de uno de los medios de comunicación más consumidos en Argentina, que se adueñó de papel prensa codeándose con los dirigentes del “proceso de reorganización nacional”, como tradujeron ellos en su lenguaje al procedimiento de persecución y desaparición de jóvenes militantes más sangriento y numeroso de nuestra historia. Al parecer nos olvidamos rápido, ¿Quién no se cruza un mínimo de una vez al día con alguien leyendo el diario Clarín? de no ser porque está postrado en alguna mesa de su propia casa. Cabe destacar que durante el gobierno de Menem, una de las etapas más corruptas de nuestra política, el grupo Clarín se consolida como monopolio a través de uno de los principales operadores de sistema múltiple: Multicanal, que desde 1994 ya facturaba 200 millones de dólares, según la investigación de Albornoz y Mastrini en La expansión del cable en la Argentina: un análisis desde la economía política.

Dentro y fuera de la comunidad del Hip Hop argentino, nosotros, autodefinidos como miembros del underground, en ocasiones somos considerados como los haters, los frustrados, los que fallamos en la vida y envidiamos a nuestros representantes. Suena bastante parecido a la ministra de educación de la ciudad de Buenos Aires cuando dice que los docentes, son gente frustrada en la vida que se dedica entonces a enseñar.

Este discurso se desarma solo con el simple argumento de que están dando por sentado que los representantes que supuestamente envidiamos son una definición en sí misma de lo que es hacer buena música, y ese comportamiento se torna dócil frente al razonamiento económico de las empresas que dominan el mercado de la música.

Mientras muchas personas sostienen o más bien repiten esos argumentos, los medios de comunicación de todo tipo avalan, festejan, y posicionan dentro de lo histórico a una artista local que se presenta en el show de Jimmy Fallon. Histórico será quizás para Jimmy Fallon, para su show, o sus productores, no sé para quién.

No es sino un voto de simpatía de un mercado internacional a un círculo reducido de artistas del entretenimiento que abrirá las puertas quizás a que Khea logre conocer a Ellen DeGeneres. No lo sabremos aún.

De todas formas la idea es poder establecer determinados puntos que inviten a la reflexión, no una crítica personal.

No pretendemos plantear una oposición frontal ni con los artistas que perpetran los determinados parámetros que vamos a desarrollar, ni con los consumidores de esos artistas. Eso significaría privilegiar la denuncia por encima de la comprensión.

Es una realidad que este círculo abrió un mercado. Es importante reconocer el avance de parte de una generación de artistas que está pudiendo gestar independientemente su carrera musical, e influencia a una gran cantidad de jóvenes y les demuestra que los logros no dependen exclusivamente de las condiciones individuales y sociales.

El problema yace del mismo punto de partida, y es cuando se romantiza la suerte de haber podido ocupar ese rol, que oculta en un envoltorio fluorescente una realidad de gran desigualdad de oportunidades, fundamentada en el discurso de “Granero del mundo” que aparece luego de una de nuestras primeras grandes devaluaciones durante el gobierno de Roca.

Para ponernos en contexto, estamos hablando de finales del siglo XIX. Ya establecida como ciudad autónoma de Buenos Aires la capital del país, la oligarquía argentina avanza en pos de su histórico objetivo de enriquecerse lo mayor posible, lo que requeriría 3 cosas:

La primera es el control de la aduana de Buenos Aires, ya ganado por una nación que se proclama federal pero no renuncia a la centralidad de dicha provincia.

La 2ª. es la mano de obra pseudo esclava, cobrando pocos centavos la hora, y 3ª, el desarrollo de un discurso social en donde los habitantes del país somos incivilizados, salvajes, que necesitamos aprender, donde la opresión es en realidad nuestra educación, donde nos merecemos ese sufrimiento y ese trabajo inhumano, que deberíamos aprender de nuestros ahora ex- colonizadores. 

Al gobierno no se le ocurre nada mejor que abrir las puertas a la inmigración europea, con la promesa de una porción de tierra y trabajo, y con la esperanza ingenua de que quienes vengan nos nutran de su civilización. El tiro les salió por la culata, porque vendrían grandes camadas de europeos anarquistas, socialistas y comunistas a esparcir su ideología de rebeldía, para establecer la serie de sucesos que se colocan dentro de lo que quedó para nuestra historia como “la Patagonia rebelde”.

No olvidemos que lo que atraviesa a estos 3 puntos necesarios para que la oligarquía argentina se enriqueciera, es nada más y nada menos que la campaña del desierto, el genocidio de los habitantes originarios en toda la Patagonia, tierra fértil que se repartirían luego entre amigos de los altos estratos del poder argentino, y que se utilizaría primordialmente para ganadería y agricultura.

Esta masacre sentaría las bases del discurso del “granero del mundo”, donde los argentinos supuestamente tendríamos que enorgullecernos por el hecho de brindar materia prima a toda Europa, para luego importar de esa misma materia prima productos manufacturados con un precio elevadísimo. Lo que genera justamente es escasez de empleo, un índice de pobreza altísimo. Esto provocó que los trabajadores (por no decir esclavos que cobraban bonos y centavos por entre 15 a 17 hs. diarias de trabajo) compitieran incluso por puestos de trabajo inhumanos, y que los dueños de esas tierras apropiadas se enriquecieran a pasos agigantados.

Esta metodología es la misma que hicieron los españoles una vez colonizada Latinoamérica, esclavizando a los habitantes originarios para recolectar nuestros recursos naturales que llevarían a sus tierras, para devolvernos extravagantes espejos; con la pequeña diferencia de que esta vez era nuestro gobierno “soberano” quien tomaba la decisión..

¿Qué tiene que ver esta porción de nuestra historia con la industria de la música?

 

“No somos pocos los que pensamos que el mercado -la ideología dominante- es una pobre respuesta” Schmucler.

 

Acabamos de hacer un revisionismo histórico de la fundación de las bases de la cultura de la exportación, algo que es vigente hasta el día de hoy y en muchísimos aspectos, tanto económicos, ideológicos, y sociales. La industria de la música no está exenta de la imposición de esta ideología. y es que justamente el círculo de artistas latinos que conforma nuestro mainstream, no apunta a reivindicar los aspectos culturales de nuestra tierra, nuestra música autóctona, o nuestras necesidades, sino a generar empatía con el resto del mundo, exportando un contenido estándar, donde el interés no se aleja mucho de ser un pésimo cortejo o una pelea de gallos; sí, ponernos a pelear entre nosotros y manipularnos desde el ego es una vieja y confiable táctica colonial.

Así como en la nota que escribimos anteriormente “El Hip Hop como respuesta política” (léela acá)  Donde recorremos una línea de tiempo de la criminalización de los artistas y su estigmatización sobre la violencia, podemos trazar una línea paralela sobre cómo desde la colonización la Corona impuso la idea del indio bárbaro y peligroso. Esto continúa en las canciones, de una manera más sutil pero no menos contundente, en la actual personificación del latino, el malandro exótico, violento y atractivo (lo mismo podemos ver en los personajes que se les brinda en la industria del cine a nivel mundial) que se contrapone a la visión pasada del galán de telenovela, adinerado, que cautiva y sustenta a su enamorada. Este criminal/artista generalmente tiene el propósito de ostentar sus riquezas, buscar mujeres como objeto de atracción y dejar en claro que todo lo que lo rodea lo obtuvo con esfuerzo, sacrificio y mérito, sin la ayuda de nadie.

Sería ingenuo pensar que esta nota pretende culpar a los raperos o cantantes del mundo del mainstream…

Lo que se trata de señalar es que esta ideología de exportación la impone el mercado. De no ser así, podríamos ver en igual medida artistas que hacen música fuera de los parámetros de sonido y mensaje que filtra la industria, en igual cantidad que artistas que los siguen al pie de la letra. Pero esto no pasa.

Es tal esa cultura de la exportación que festejamos cuando un latino gana un Grammy, y el propósito profundo de este voto de simpatía, que consuela a nuestros latinos reconocidos, es la invisibilización del desplazamiento de cientos de músicos que representan al Hip Hop latino, de un mercado que les cierra las puertas de la posibilidad de sustentarse con sus producciones.

No existe un cuestionamiento de la idea del mérito en la música, se termina reduciendo a seguir esa serie de parámetros para tener éxito o realizar una autogestión por fuera de estos y abstenerse a las consecuencias.

Solo del autoconocimiento y la noción histórica es que podemos comprender cómo lidiar con los estándares y hacer transformaciones en nuestra cultura. Como muchos argentinos que repiten esta frase trillada, somos un país repleto de potencialidades.

Es momento de entender por qué esa frase tiene un significado cuando nos referimos a exportar lo que tenemos, y otro si apuntamos a cultivar lo que somos.

 

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