Entre colores, solidaridad y barrio.

Sábado 21 de diciembre de 2019. Estamos a 10 días de terminar un año largo y muy fructífero por cierto. Los proyectos van cerrando sus actividades y esos balances son la muestra del ocaso de los 365 días vividos. Pese a estar en pleno diciembre no hace ni calor ni frío, tranquilamente podría decirse que es un día cualquiera de septiembre y estaría bien, pero no. El reloj dice que son las 11.30 AM y yo me preparo junto a mi familia para vivir una experiencia hermosa, otra de las que me regala el periodismo. 

Desde siempre quise conocer la Famosa Isla Maciel, de chico pasaba en el 159 por aquel puente y pispeaba el Dr. Osvaldo Baletto inmerso en el corazón del barrio y sus alrededores. Uno escucha, lee y se llena de prejuicios estúpidos acerca de este lugar de familia, de solidaridad y de mucha identidad. Los macielenses aman a su barrio, lo defienden, lo cuidan y lo promueven. En simples palabras lo hacen funcionar con todos los recursos que tienen, que dicho sea de paso, no son demasiados. Con la llegada de Nestor, este humilde vecindario conocido por su historia prostibularia ubicado a la vera del Riachuelo pero del lado de Avellaneda, empezó a crecer en infraestructura, en actividades sociales y en muchos aspectos comunitarios, pero aún así, no deja de ser un lugar lleno de carencias que sigue adelante con un corazón gigante. La Isla Maciel encierra una magia difícil de explicar y que se desnuda poco a poco al caminarla.

Como dije hoy es sábado 21 de diciembre y en la Isla, el proyecto social (uno de los tantos que tiene la Isla Maciel) de arte urbano, Pintó la Isla, cierra su año con la clásica pintada, shows en vivo y con la idea de compartir una tarde entre todxs. Antes de seguir con el relato, es necesario o al menos así lo creo, explicar: ¿Qué es Pintó la Isla?. Pintó la Isla se trata de un proyecto totalmente autogestionado que nace en el año 2014 cuando un grupo de alumnos de la Escuela Nº 24 junto con el profesor Gerardo Montes de Oca se proponen empezar a intervenir las paredes del barrio con diversos murales que generen una revalorización del espacio publico y desde donde se va creando una especie de galería artística a cielo abierto. Además de todo esto, son muchas las tareas que realizan desde este proyecto siempre en pos de la solidaridad en la Isla Maciel y con el arte como motor de transformación social. Hay una definición en su página oficial de Facebook que voy a poner textual porque me parece una genialidad explicada en simples palabras: «Pintó La Isla no es un festival de arte urbano sino un proyecto social de pintura urbana que prefiere un mate con un vecino al «me gusta» en facebook».

Son las 12:05 hs. el mediodía azota y el sol le da pelea a las nubes grises. Bajamos del colectivo y empezamos a caminar para la ribera de la Av. Pedro de Mendoza, estamos en La Boca pateando rumbo al Puente Nicolás Avellaneda, aquel monstruo de concreto que une dos barrios muy similares y tan dispares a la vez. Cruzar es sencillo, luego de la puesta en valor que se hizo a partir del año 2010, el puente fue refaccionado y es cuidado y custodiado por vecinos de la zona. Además existe la opción de los balseros que por $10 te cruzan de una forma más rápida, pero que durante nuestra estadía no estaban funcionando. Como dije cruzar es sencillo, atravesamos el puente y nos metimos de lleno en territorio candombero. Mi primera impresión fue trasladarme a las décadas pasadas e imaginar que fueron aquellas esquinas de chapa a la vista. Todo allí es azul y celeste, los colores del Club Atlético San Telmo predominan y le aportan al barrio una afinidad folclórica más que interesante. Al llegar, los adoquines, las casas de chapa y esos conventillos distintivos te marcan el pulso. De este lado de la orilla nos esperaba Brian Sanchez junto a Matías Escobar vecinos de la Isla. Integrante de Pintó la Isla y amigo personal desde hace algún tiempo, Brian, es artista, tatuador, dibujante, muralista pero hoy tiene el rol de organizar y de acompañar a los invitados hasta el lugar indicado. Brian nos hace de guía y nos va contando cosas de este mágico sitio, peligroso para muchos que jamás lo visitaron, imborrable para tantos otros como nosotros que lo recorrimos extasiados por la buena vibra que se respira en la Famosa Isla Maciel.

Murales por aquí, murales por allá, graffitis más, graffitis menos, la Isla Maciel encierra un polo artístico muy poco común en Buenos Aires. Literalmente es una galería artística a cielo abierto. Brian en su recorrida nos va llevando por las calles que emanan una historia tremenda y que encierran en sus paredes el más puro arte popular, aquel que el gran Quinquela Martin supo defender y promover. Si hay algo que sucede en la Isla es que se respira arte, cuando caminas por ella, te vas impregnando de esas paredes, de esas historias y podrías caminar todo el día sin cansarte y sin dejar de poner la vista en tu alrededor.

Brian es un calificado para hablar de la Isla Maciel, nació, se crió y vive ahí desde siempre. Conoce cada lugar, cada espacio y por ende a los vecinos que muy amablemente lo saludan, le hacen bromas y lo invitan con mates. Su amigo, Matías que también nos acompaña y nos hace la recorrida, nos cuenta que el no se piensa mudar «ni por toda la plata del mundo», la Isla es su lugar y no tiene intenciones de alejarse nunca. El sentido de pertenencia con su espacio es contagioso, te hace querer el barrio sin haber estado nunca allí.

Luego de unos 25 minutos de caminata, previa parada en el estadio de San Telmo, entramos a la parte de La Pinzon, un barrio anexo que es donde se celebrará el cierre del año. «Estamos en el límite entre la Isla, la Pinzon y Villa Tranquila» nos cuenta Brian mientras a lo lejos vemos a los primeros artistas pintando sus paredes. Claro, la jornada arrancó temprano y nosotros arribamos cuando los bocetos ya eran una realidad visible. Uno por uno fuimos pasando por los trabajos y en la recorrida no parábamos de sorprendernos en como la vecindad ponía a disposición cada recurso necesario.

El destino final era las intersecciones de las calles M. V Pinzon y Manuel Estevez, ahí en forma cuasi triangular hay una plaza que obró de «centro de operaciones». Allí estaban los tachos de pintura, el equipo de sonido, una mesa, algunos tablones y un parrillero que ya estaba echando humo. Al llegar fuimos recibidos por el gestor de todo este proyecto, Gerardo Montes de Oca que nos da la bienvenida de la mejor manera y nos ofrece algo de tomar.

Punto y aparte para los vecinos, para la solidaridad que se vive en el barrio. Todo, absolutamente todo con lo que se realizó el evento viene de donaciones y en muchos casos de cosas prestadas para la ocasión. Un vecino puso una mesa, otro puso algunos utencillos, otros tantos cebaban mate, mientras que otra se acercaba para ofrecer su casa por la luz. Algo hermoso de ver, sobretodo, en épocas de poca paciencia, individualismo y agresión sin sentido. Lxs integrantes de Pintó La Isla se ocupaban de cada detalle para que no le falte nada a nadie y todos se sientan comodxs. Mientras lxs niños se dividían entre pintura y los juegos de la plaza, los artistas avanzaban en sus murales, eran las 14 hs. y la parrilla emanaba un olor irresistible.

Media hora más tarde, el amo y Sr. del parrillero daba comienzo al gran almuerzo. Mientras «chera» repartía las hamburguesas que fueron donadas por la escuela de la Isla, en la mesa se destapaban las ollas con arroz y vegetales para quienes no comen carne. Llamados por el olor o por el hambre lxs artistas hacían un merecido parate para recargar energías. El almuerzo fue un hermoso momento para compartir todos juntxs en medio de diversas charlas, anécdotas y sobre todo para disfrutar de la comida que estaba exquisita.

Luego del almuerzo, lxs artistas retomaron sus murales y Brian nos siguió contando cosas acerca de este proyecto y de todo lo que se viene trabajando en la Isla. «Más o menos debe haber unos 300 murales en toda la isla, realmente perdimos la cuenta al 200, pero aproximadamente, 300 es el número» nos dice con cara de estar sacando cuentas matemáticas. Cada tanto optaba por alejarme del lugar para apreciar la belleza que tienen los espacios como estos. Es tan fundamental poner el arte como motor para hacer y para articular instituciones que el trabajo que hacen desde Pintó La Isla no es grande, es inmenso. Brian también nos cuenta que desde hace unos años son varias las instituciones que trabajan de forma conjunta en la Isla y que por ejemplo, de Pintó La Isla se desprendió el proyecto del Museo Comunitario Isla Maciel que se encarga de preservar la historia del barrio realizando diversas actividades como visitas guiadas, talleres, etc.

De un tiempo a esta parte, son varias las instituciones que le aportan al barrio sus funciones. Todas o casi todas trabajan de una forma articulada e intentan seguir poniendo su granito de arena para mejorar la calidad de vida en la Isla Maciel. Mientras charlábamos, los murales iban quedando impresos para siempre en las paredes del vecindario lleno de necesidades materiales pero que puede dar cátedra en materia solidaria. Una de las cosas que más me impactó fue el ver tantos chicos y chicas con las manos enchastradas de pintura y con las sonrisas más grandes que he visto dibujadas en sus caras. El arte es hermoso e inmenso y eso en Pintó la Isla lo saben. Cuan importante es cambiar un pincel por un celular, una tablet o simplemente… por la calle.

La tarde continuaba entre sol y nubes pero con la melodía de esos parlantes que no le hacían asco a ningún género musical. Cuando la parrilla quedó libre y los patys eran historia, Chera nos contó lo lindo que se fue gestando con esto y que siente a Pintó la Isla como si fuera un hijo. Además nos dijo que fue tal la aceptación de parte de los vecinos que ahora son ellos quienes piden los murales: «Nuestro miedo al principio era que los vecinos no nos permitan pintar sobre sus frentes, eso era lo único que ponía en peligro hasta cierto punto el proyecto, pero la verdad que paso todo lo contrario y son ellos los que ahora vienen a pedirte que le pintes el frente de sus casa» y como si fuera obra del mágico destino, un auto frenó justo enfrente nuestro y un hombre de unos 35 años se bajo directo a charlar con él, pidiéndole que le pinten su frente. Era un vecino nuevo, no hace mucho se había mudado, se enteró de toda la movida y fue directo a hablar con quien lleva la batuta de esta genialidad desde aquel 2014.

Eran cerca de las 15:45 hs. Los shows estaban cerca y los murales estaban casi listos. Lamentablemente por cuestiones personales teníamos que emprender el retorno. Sin dudas esta visita fue una experiencia trasformadora por varias razones, pero definitivamente, el despojo de esos prejuicios fue el puntapié inicial a un recorrido sin igual. Realmente la Isla Maciel encierra una magia muy particular y dentro del barrio uno puede apreciar todo ese color, ese folclore, ese clamor popular por lo propio. Mates con vecinos, infinidades de actividades sociales y una solidaridad poco vista en otros lugares, hacen de la Famosa Isla Maciel un lugar hermoso. Pintó la Isla es una realidad palpable, necesaria y altamente contagiosa.

Era hora de despedirnos y de emprender esa caminata por las calles decoradas de los más lindos murales. Una galería a cielo abierto, un monumento vivo al arte urbano. Cuando el gigante de acero se podía ver, era hora de decir «adiós hasta luego» y es el «hasta luego» más real de toda mi vida. La Isla te abraza y creanme que es imposible no sentir deseos de volver y poner un granito de arena en pos de todos estos proyectos. Cruzamos nuevamente el puente y nos sumergimos en La Boca. Esquivando turistas y oportunistas llegamos a la parada del 64 para regresar con el cuerpo lleno de sensaciones y las retinas colapsadas por el arte urbano en estado puro. Una tarde distinta entre colores, solidaridad y barrio.

Por Kevin Dirienso Poter (@kevindpoter)

Fotos: Melani Garcia Tapia (@encabrada)

Gracias a todxs los miembros de Pintó la Isla, a lxs vecinxs de la Isla y a lxs artistas.

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